• Aguas Claras

Padres fuertes, hijos fuertes

Actualizado: 11 de oct de 2018

Por Pilar Montero


Si los Padres están Bien, los Hijos están Bien.

      Si queremos ver a nuestros hijos contentos, creciendo sanos, alegres y pudiendo enfrentar de manera exitosa los desafíos y dificultades del desarrollo, es muy importante que los padres inviertan en ellos mismos. En el trabajo clínico con niños, se ve claramente como se cumple la máxima que cuando los padres están bien, los hijos están bien. Si los padres, arquitectos de la familia, están bien ellos mismos y en la relación (no importa que estén separados pero llevando una relación adecuada) los hijos estarán bien. No significa que los niños no tendrán problemas. Los tendrán sin duda, pero tendrán también padres fuertes y sólidos que podrán acogerlos en las dificultades y ayudarlos a enfrentarlas. Los niños perciben el bienestar en sus padres y como pollos, correrán a refugiarse en las alas de la gallina. Hay algunos aspectos fundamentales que se deben tener en cuenta: 1. El bienestar no se puede simular.

     O se está bien, o no se está. Si bien esto puede ir cambiando rápida o lentamente, es un estado total del organismo que se traduce en una química cerebral que es contagiosa. Así como la angustia es contagiosa, el bienestar también lo es. Es muy distinto que te acoja en las dificultades una madre/padre tranquila(o) que contiene, que una madre/padre angustiada(o). Los niños se refugian en nuestra química cerebral, por eso no es simulable y es tan importante destinar tiempo y recursos a estar bien. Con los hijos, se da además una comunicación que es muy pre verbal y que tiene mucho que ver con la capacidad que tenemos para acogerlos con nuestras emociones y desde nuestro propio estado emocional que idealmente pueda ser de bienestar. Eso les genera una tranquilidad implícita que los acoge globalmente y que no logran los discursos. 2. Los padres cuidan a los hijos y no al revés.

     Es completamente contraproducente que los padres les cuenten sus problemas a los hijos. Esto suele angustiarlos. Peor aún, es cuando los ponen en contra de alguno de los padres. Muchos padres tras las separaciones suelen caer en este tipo de conducta, trayendo graves consecuencias para los hijos. No importa la edad del hijo, si tiene 10 o 20 años, los hijos en crecimiento no están preparados psicológicamente para acoger emocionalmente al adulto que se supone, es quien lo ayuda a pararse firmemente en el mundo. Los padres son los pilares de los hijos. Si ellos están bien, los hijos también lo estarán. Los padres deberán pedir ayuda a sus amigos, papás, hermanos, pero no a los hijos. Si quieren pelear hasta la muerte con el ex conyugue, no deben llevar a los hijos a esa guerra, ya que si logran salir, saldrán sin duda muy dañados. Como padres, hay que separar al marido del padre o a la esposa, de la mujer. Aunque haya sido el peor marido/esposa, ayudarle a que sea un buen papá/mamá y para eso es fundamental cuidar el discurso. En este aspecto es clave permitir que el otro conyugue esté presente en nuestro discurso de un modo beneficioso para el hijo. No olvidar que las parejas se eligen pero los padres son únicos y sólo se tienen. 3. Nuestro discurso debe ser desde lo positivo y las fortalezas:

     Para lograr esto debemos comenzar por tener una relación desde la aceptación y el amor con nosotros mismos. Reconocer nuestros errores y poder hacer planes de mejoramiento, pero sin torturarnos, es un buen comienzo. Poder reírnos de nuestros errores, querernos tal cual somos, conocer nuestras fortalezas y potenciarlas para poder llevar bien nuestras debilidades, son valiosos recursos para aceptarnos y querernos de forma integral. Si tenemos que ser perfectos para querernos, nunca podríamos hacerlo. Para nuestros hijos, ver la relación de amor y paz con nosotros mismos, es el mejor modelo para desarrollar una buena autoestima y una visión positiva del entorno. Desde un yo consolidado, sano, fuerte, nos será fácil tener un discurso positivo de la vida, fijarnos en los recursos de nuestros hijos, sentirnos papás hábiles y por lo tanto, tener la fuerza necesaria para acoger a nuestros hijos e impulsarlos hacia una vida plena. 4. No dudar de todas nuestras capacidades como padres.

      Si bien nadie nos enseña a ser padres y todos nos equivocamos, también todos tenemos áreas en que nos manejamos bien con los niños. Quizás nos cuesta incentivar el tema deportivo, pero somos muy buenos dándoles seguridad por ejemplo. O no sabemos qué hacer con las pataletas, pero somos expertos en la organización estructural de la dinámica familiar. Los padres de mis pequeños y jóvenes pacientes llegan muchas veces muy inseguros, temerosos, sintiéndose incapaces de lidiar con sus hijos y dudando de sus capacidades. Lo más importante, es reconectarse con nuestras capacidades y habilidades. Uno puede equivocarse, todos nos equivocamos, pero es imposible que hagamos todo mal. Además, todo es arreglable. Sobre todo con padres que quieren a sus hijos, leen estas cosas y están dispuestos a aprender. No hay que olvidar que en el orden en que todo se da, nada es porque sí y hay que confiar que por algo eres el padre o la madre de tus hijos. Ellos te necesitan a ti, del mismo modo que tú a ellos y es en esta danza donde ambos aprenderán a ser mejores personas. 5. Validar siempre a nuestro conyugue:

     Este punto es clave y muy importante en la salud mental de los hijos. Cuando la madre (o al revés) cree que sólo ella lo hace bien e invalida al padre (desde el discurso, en actitudes, en miradas hacia el cielo, en suspiros, en desautorizaciones) causa un profundo daño en los niños. Los deja, literalmente, sin la figura de autoridad del padre. Cada madre y cada padre deben tener su estilo propio con sus hijos y es importante que el otro SIEMPRE lo apoye (con excepción de maltrato por supuesto). Puede ser que la madre esté apretando los dientes ante los intentos del padre de controlar las peleas de los hijos. Puede ser que no le parezca en absoluto su metodología, que la considere bruta, mala, inadecuada… Pero, más vale que calle y que cuando lo diga sea con cariño y respeto, en la intimidad de la pieza en la noche, alejada de los oídos siempre atentos de los niños, que delante de los hijos. Es de vital importancia validar siempre al otro, que los niños visualicen y vean una pareja unida de autoridad. Cuando esto no se da, suelen aparecer múltiples problemas. Algunos niños quedan triangularizados, sin acceso a uno de los padres. Otros terminan polarizándose, actuando para compensar, sin criar realmente desde un modelo equilibrado. Por ejemplo, la mamá que sobreprotege a su hijo del papá, porque considera que es injusto con él. Puede terminar actuando mucho más permisiva con el hijo, aguantándole cosas que no permitiría en sus otros hijos. El papá, en contraposición, se pone más autoritario y agresivo con el hijo para compensar la “blandura” de la madre y a lo mejor, el que el niño no le hace caso. El niño, que se da cuenta del manejo que tiene, cada vez que el padre lo reta, pide auxilio a la madre. Los padres terminan polarizados (él bien malo y autoritario, ella bien buena y permisiva) y ambos peleados. Nada bueno para el hijo que además queda con la figura paterna invalidada y sin acceso a él. Esto también puede darse al revés, que el padre sobre proteja a un hijo(a), frente a una madre que considera injusta. Lo importante en estos casos, es que los padres se validen y apoyen siempre frente a los hijos y que el padre de mejor relación con el hijo le “enseñe” al otro con humildad y sin esperar que el otro haga exactamente lo mismo (pues son dos personas diferentes) en privado. Al ver a la pareja unida, fuerte, de acuerdo, el niño comienza a formar una relación independiente de la mediación poco sana que hace el otro padre con el padre al que no tenía acceso. Lo que hay que tener claro, es que al invalidar a uno de los padres, la madre al padre por ejemplo desautorizando, la madre anula a la figura paterna y le impide que su hijo desarrolle una relación muy necesaria para la vida cuando se puede tenerla quitándole un importante recurso.

      Recomendaciones: Invertir en el bienestar de los padres y en la relación de los cónyuges es invertir en la estabilidad y la duración de la familia. Por eso es muy importante que los padres se apoyen, busquen ayuda psicológica ante síntomas como depresión o ansiedad. Los padres suelen dejarse para el final bajo el supuesto erróneo de que “primero mi hijo, yo puedo aguantar”. Sin embargo, su malestar deja consecuencias en toda la esfera familiar, particularmente a aquellos que quieren proteger: los hijos. Es muy diferente un padre agresivo, silencioso y frustrado producto de sus propios problemas y una depresión no tratada, que un padre amistoso, abierto a las necesidades de sus hijos, participativo de sus actividades, con ganas de contactar con ellos. Lo mismo sucede con una madre ansiosa y nerviosa que abordará cualquier problema de los hijos proyectando sus propios miedos. Quitarle los pañales, la entrada al jardín, ir a un cumpleaños, lo vivirá con tanta ansiedad que contagiará al niño siéndole mucho más difícil para él abordar los cambios. Es muy diferente si ante los llantos normales del primer día en el jardín hay una madre tranquila y serena, que le transmite que el mundo es un lugar tranquilo y seguro, que le da “permiso” para alejarse y pasarlo bien en el jardín.

     Detrás de todas nuestras conductas hay supuestos que le transmitimos a los niños sin darnos cuenta. También se recomienda que los padres salgan solos. Suelen aparecer muchas aprensiones en los padres ante esta sugerencia, ¿con quién dejar a los niños, cómo los van a dejar solos? Babysitter, nana, una hermana, dejarlos con alguien de confianza y salir por lo menos una vez a la semana solos. A comer, si no hay plata a comerse un postre y si no lo hay en absoluto, a caminar tres vueltas a la manzana, a columpiarse a la plaza. El salir solos nuevamente es una inversión para la familia. Los padres cultivan su relación, pueden hablar sin las interrupciones de los hijos y lo que es más importante, emerge la “pareja” que no aparece cuando están los hijos porque ahí son “papás”. Estar todos juntos con los hijos es cultivar la vida familiar, pero no la relación con el cónyuge, piedra angular de la familia. En resumen, padres sanos y fuertes, son hijos sanos y fuertes. Padres centrados, en paz consigo mismo y el mundo, le enseñan y le transmiten sin necesidad de enunciar, que se puede estar bien y tener una buena relación con los demás y el entorno. Los padres fuertes, en el sentido de estables emocionalmente y sanos físicamente, pueden enfrentar mucho más asertivamente los problemas, siendo modelos naturales de estas habilidades y pueden además acoger y modular mucho mejor los propios temores del hijo(a).


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