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¿Crisis? de los 40

Actualizado: 19 de oct de 2018

Los invito a detener el “modo automático” y a tomar esta etapa como lo que es: un cambio de piel y como una nueva oportunidad que nos entrega la vida. Sácale partido a tus cuarenta.

¿Te acuerdas el día exacto en el que te salió la primera cana? ¿O la última vez que pagaste por entrar a una fiesta? Probablemente hace mucho tiempo que ya no te emociona manejar un auto o que terminas el carrete con un combo del Mc Donald's... es probable que los veinte y los treinta y tanto ya quedaron atrás aunque parezca que fue ayer.

Qué vamos a almorzar mañana? ¿Cómo voy a pagar la patente del auto? ¿Dónde nos iremos de vacaciones?...son preguntas que probablemente casi todos los adultos nos hacemos constantemente, hasta que de repente y, sin darnos casi cuenta, nuestra lista de preguntas se agranda como la lista del viejito pascuero de un niño de cuatro años. La diferencia radica en que esta vez, estamos con cuestionamientos bastante más profundos y complejos que qué almorzaremos mañana…. Estas preguntas, podrían ser las primeras señales de que estamos entrando en la Crisis de la edad media…más conocida como “la Crisis de los 40”.


Existen tantas conjeturas rondando alrededor de esta cifra “los cuarenta son los nuevos quince…” “a los cuarenta ya te queda la mitad de la vida…” “a los cuarenta el cuerpo te empieza a fallar…” “los cuarenta es la mejor etapa de la adultez…” “a los cuarenta el mercado te empieza a botar…” en fin…una y mil conclusiones que llenan, al menos de curiosidad, a los que atravesamos por este enigmático pero desafiante túnel.

Quizás el nombre crisis no nos ayuda mucho a acercarnos a esta etapa, al final del día la palabra crisis acarrea una connotación negativa que no necesariamente representa lo que implica este período vital. Crisis proviene de la palabra griega Krísis, que alude a la posibilidad de decidir y desde ahí la importancia de resignificar a este período como una tremenda oportunidad para evaluar nuestras decisiones y reestructurar nuestros propósitos.


La Crisis de la edad media, es un período tan sano y natural como lo es la adolescencia. Y así, como el principal objetivo de los adolescentes es explorar y construir su propia identidad, los “cuarenta y cincuenta y tanto” también tienen un sano propósito al cual no debemos darle la espalda. Ya hemos recorrido un buen tramo de nuestra vida y es tiempo de hacer un balance de lo que hemos logrado, como también una evaluación de lo que hemos dejado de hacer y tenemos pendiente como futuros proyectos. El desafío está en canalizar constructivamente estos naturales cuestionamientos de modo de evitar que éstos nos lleven al caos y así podamos cosechar dulces frutos de esta fase de profunda introspección personal.


Lo primero que habría que aclarar respecto a este período es que si bien se conoce popularmente como la crisis de los cuarenta, es una fase que tiende a iniciarse alrededor de esa edad pero que podría presentarse durante cualquier momento de la adultez. A su vez, no siempre es vivida como una crisis (entendiendo crisis como un estado difícil o una situación grave que rodea a una persona). Incluso, no hay consenso de que esta etapa exista como tal ya que algunos profesionales tienden a pensar que estos replanteamientos responden más bien a experiencias personales que actúan como disparadores de estos cuestionamientos más que como un período por el cual todo adulto deba atravesar. Es un período que está marcado por algunas variaciones físicas producto del envejecimiento que no siempre resulta fácil de aceptar, especialmente en nuestra cultura donde el valor del cuerpo parece ser tan cotizado como una casa con vista al mar. A su vez, ingresa a la cancha la menopausia en las mujeres y la disminución de la testosterona y deseo sexual en los hombres (andropausia), no obstante aquello, los principales remezones están relacionados con aspectos psicoemocionales y sociales y, al parecer, no tanto con el ámbito físico.


Es común que en este período empecemos a enfrentarnos a hitos marcadores tales como la pérdida de nuestros padres, el éxodo de nuestros hijos, el divorcio de algunos amigos o algún revés en lo económico o en lo laboral que nos remueve el piso. Si bien, lo esperable es pensar que aún nos queda la mitad de nuestra vida, se empieza a instaurar la posibilidad de la muerte como algo que ya no resulta tan lejano como parecía cuando teníamos quince. A su vez, y aunque resulte paradójico, comienza también un intento por arreglar nuestra salud después de haber sido nosotros mismos la que la echamos a perder producto de los malos hábitos y, a veces abusos, en los que caemos durante la adolescencia o la temprana adultez.


Si bien, no es fácil describir de manera unánime las señales de que estamos en presencia de esta etapa, se han observado ciertos cuestionamientos que tienden a repetirse de historia en historia. Es un período en el que se supone que ya debemos estar asentados en nuestros proyectos y haber alcanzado la madurez pero, ¿qué pasa cuándo nos damos cuenta que al parecer no hemos logrado asentarnos como quisiéramos? Que somos la única del grupo que no "ha encontrado marido” o el único que todavía no logra el cargo que quisiera, que todavía no logra emigrar de la casa de los padres o que todavía no tiene claro qué quiere hacer profesionalmente. Parece algo natural mirar a nuestros pares en cuanto éstos actúan como referente de nuestro grupo etario y muchas veces los logros de ellos nos refriegan en la cara que aún no hemos alcanzado lo que siempre pensamos que lograríamos a esta edad...otras veces estas inquietudes surgen desde nosotros mismos sin ser nuestros pares los que hagan de espejo hacia nosotros. Pero el tema no es definir desde dónde surgen estos cuestionamientos, lo que nos convoca es que éstos ya se han instaurado en nosotros y estarán haciéndose notar así como lo hace un niño que suplica por un helado.

Es un período dicotómico que podría ser el símil del recambio de jugadores que hace el DT en un partido. Salen de la cancha esos proyectos que soñábamos pero que nos vamos dando cuenta que, al parecer, van a ser difícil de alcanzar y entran al juego nuevos propósitos con la intención de ocupar la "vacante que deja el jugador que ha salido". En este partido, el DT somos nosotros mismos y es un partido que resulta dicotómico porque, por un lado, hacemos el duelo de los proyectos que estamos dejando partir pero entusiasmados ante las nuevas ideas que nacen en este período.

El tema central en esta reflexión es que, más allá de si existe la Crisis de los cuarenta como etapa formal, si es necesaria o no para culminar exitosamente la etapa de la adultez, o si son nuestros pares los que nos llevan a cuestionarnos… hay considerar que en la vida existen numerosos momentos de crisis los cuales son importantes de visualizar como oportunidades de crecimiento, más que como espacios amenazantes. Ante situaciones de quiebre, tendemos a apanicarnos realizando, muchas veces, forzosos intentos por recuperar o mantener nuestro antiguo escenario. Pareciera que es más cómodo cerrarle la puerta a los nuevos desafíos y hacer oídos sordos a nuestras voces internas, pero aunque eso parezca cómodo, parece ser más gratificante cuando hacemos eco de ellas despidiendo sensatamente lo que ya no fue y comenzando a coquetear con nuestros nuevos proyectos.

Los invito a detener el “modo automático” y a tomar esta etapa como lo que es: un cambio de piel y como una nueva oportunidad que nos entrega la vida. Sácale partido a tus cuarenta. Abre tu juego, pon las cartas sobre la mesa, quédate con el juego que más te gusta y saca nuevas cartas para armar un nuevo juego. Atrévete a cuestionar las cosas, date permiso para cambiar de rumbo si es eso lo que en realidad quisieras, deja de culparte por lo que no lograste y re-encántate con el que eres hoy. Nunca es tarde para empezar algo nuevo y no existe el escenario perfecto para ponerlo en marcha: probablemente el momento es ahora y debemos aprovecharlo, ya que todavía nos quedan otros cuarenta años por delante.


Ps. Paulina Ríos U.

Psicóloga Clínica


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